Esa ilusión o fantasía que habita reprimida en nosotros desde que dejamos de ser niños, nos hace percibir esas sensaciones como mentiras. Nos convertimos en seres incapaces de convivir con nuestro lado sensible e intuitivo, muchas veces por miedo. Porque no es fácil dejar florecer nuestro lado vulnerable y ponerlo al alcance de los demás, tememos a que eso suceda. En un mundo donde existe sólo lo que es “útil” y lo demás está de más, se cree que es en vano poder estar más allá y dejar de ser uno más del montón para ser quien realmente deseo.
Pero debería tenerse presente que esto de ser yo mismo implica también un compromiso y responsabilidad, la cual muchos no estamos dispuestos a afrontar. Porque resulta menos complicado incluirse al todo, aunque eso nos cueste los sueños. Y nos preguntamos si habrá alguien interesado en conocer esa parte de nosotros que todos poseemos más o menos coartada. Y otra vez aparecen el temor y la duda que nos impiden demostrar lo que somos o queremos ser.
“La fantasía es una historia mentirosa que compran inocentemente los niños”, y con esa frase crecemos; y de tanto escucharla nos la vamos creyendo y si no lo hacemos lo simulamos para no ser tomados como unos locos farsantes. Vivimos con el miedo al qué dirán que no nos limita el qué diré, siempre sujeto a especulaciones.
¿Por qué negar la existencia de “mi verdad”? Es que estamos convencidos de que no hay nadie interesado en conocerla y nos auto reprimimos porque hubieron tantas otras veces que así nos hicieron sentir. Nos adaptamos al modelo de vida en el que estamos inmersos y nos parece imposible que exista un ser al que le atraiga mi historia, así que mejor la oculto, a veces a tal puto de olvidarla al andar.
Estamos amoldados al sistema y cualquier contradicción es percibida como una desviación. Un sistema que está concibiendo individuos en serie, con definiciones y puntos de vista compartidos; con frases hechas y desechas de tanto ser utilizadas. Un mundo que nos hace creer que tener personalidad es colocarse innumerable cantidad de aros, escuchar cierta música o vestirse de determinada manera. Y ¿qué es de lo que somos por dentro, de lo que sentimos?, ¿a caso eso no cuenta? O mejor dicho, ¿será que no suma?
Parece que la esencia del hombre no es rentable y entonces se convierte en algo que pocos son capaces de preservar y llevar adelante a la par de su ser racional. Otros tantos dejarán prosperar su lado bohemio a tal punto de olvidar su costado especulativo y pasarán a ser parte de los “extraviados de la vida”. Y así seguiremos a través de los años, poniendo etiquetas a lo que vemos reflejado sin tapujos en los demás y que genera una especie de envidia y anhelo, que nos llevan a criticar su facilidad para expresar ese algo, que tanto miedo nos genera, con tanta libertad.
Nabila García




